San Martín forma parte de las Islas de Sotavento en el mar Caribe. Está compuesto por dos países separados, divididos entre su parte francesa del norte, llamada San Martín, y su parte neerlandesa del sur, Sint Maarten.
San Martín forma parte de las Islas de Sotavento en el mar Caribe. Está compuesto por dos países separados, divididos entre su parte francesa del norte, llamada San Martín, y su parte neerlandesa del sur, Sint Maarten.
En el punto intermedio de la famosa media luna dorada de Orient Bay, Sebastian, de 18 años, se hace cargo del equipo de los deportes acuáticos con esmero: tensa las cuerdas de los kayaks de colores brillantes, gobierna los veleros o carga las tablas de surf bajo sus brazos nervudos. Ofrece un servicio profesional, a pesar de su inglés encantadoramente limitado. Sebastian es de Tolouse. En el puerto deportivo de la ciudad principal de Marigot, la glamourosa Marie, con sus pendientes de aros en constante movimiento, se desliza entre las lámparas Art Nouveau del Café Havana para servir langosta asada y gambas à la provençale (salteadas con ajo y perejil). Vino aquí desde Marsella hace 20 años, pero apenas recuerda la ciudad de la costa sur francesa. También está Jimmy, de Antibes. El fotógrafo en ciernes reclutó a un amigo para jugar al fútbol en la playa, demostrando una forma física a la altura de su antigua vida como gimnasta y corredor.
Es como si una porción de la Riviera francesa se hubiera desprendido y venido flotando en busca de orillas más arenosas (las playas del sur de Francia son encantadoras, pero son casi siempre de piedra). Jimmy se zambulle en las aguas tranquillas de Orient Bay para quitarse la arena de la espalda y la barba.
Sus hogares están a casi 6500 kilómetros y, uno por su cuenta y otra de niña con la familia, se han mudado a esta isla del Caribe para disfrutar de la vida sencilla y tropical como expatriados franceses (o residentes a tiempo parcial). Esta parte es solo la mitad de esta isla del Caribe, la mitad superior: St. Martin. La isla es célebre por ser la porción terrestre más pequeña en contener dos países: la mitad sur, St. Maarten, forma parte de los Países Bajos.
Sin embargo, solo la parte francesa tiene un aire europeo. Me esfuerzo en perfeccionar mis bonjour y bonsoir, además de otras frases útiles. Aquí hay algunos cafés donde los menús y camareros solo se entienden en francés. No es el caso en Le Divin, donde el guapo e impecablemente multilingüe Marcel me trae una mermelada deliciosa y crepes rellenos de chocolate. Tampoco es el caso en la increíblemente popular boulangerie y patisserie Sarafina de Marigot, donde las mujeres que atienden se sonríen cuando les digo "“Merci, mademoiselle”", sobre todo si ya no tienen edad para que las llamen así. Debo reconocer que los croissants, las tartaletas de manzana y los macarons de Sarafina son una delicia.
Cualquier idioma vale en la increíblemente hospitalaria Coco Beach de Orient Bay. Este oasis de fucsia y aguamarina envuelto por el sonido del jazz francés es un sofisticado bar de playa con servicio todo el día: desayuno, comida y cena. Eve, mi camarera habla inglés fluido y es natural de Borgoña. Se desplaza rápidamente por el sendero serpenteante de Coco Beach, adornado con cocoteros y uvas de playa, y rodeado por casetas de playa dispuestas en la arena bajo techos de paja. Estoy acabándome mi pain perdu , hecho con una baguette cortada en diagonal, cuando le pregunto a Eve por qué se mudó a St. Martin.
Desliza su delgado brazo a lo largo de la vista panorámica, donde se puede ver a gente practicando parapente y bodyboard, los islotes frente a la costa y los pueblos de cuento de las laderas de las montañas. Los visillos rosa chillón de Coco Beach cuelgan en las cabañas de playa, al estilo de St. Tropez, y se mecen con la brisa del Caribe. “Es el paraíso”, comenta, “y puedes recorrer toda la isla en una hora”.
Sé qué dice la verdad. He estado en St. Martin antes y esta vez he tenido la suerte de descubrir que alquilar un coche y moverse por los alrededores es más fácil que nunca. Es perfectamente posible ir a dos o más playas en un día. El día anterior en Marigot, Marie, del Café Havana, alabó Baie Rouge (“bahía Roja”). “El agua es preciosa”, me dijo, “completamente transparente”, y la idea me sonaba. Había oído el nombre de la playa en anteriores visitas, pero no podía evocar su imagen; lo que recordaba de la isla es que todas las plages (playas) que había visitado me habían parecido fantastique. Es la bendición de St. Martin.
Me dirijo en coche hacia el extremo occidental de la isla, atravesando la pequeña Friar's Bay y, a continuación, la enorme laguna interior. Las indicaciones para Baie Rouge son muy fáciles y hay mucho espacio para aparcar. El lugar es increíble, tan fascinante como Orient Bay, aunque este último es más activo gracias a los deportes acuáticos, los restaurantes y las tiendas (e incluso a un serio resort nudista en un extremo cuyos huéspedes no dudarán en gritarte si llevas una cámara al cuello), mientras que Baie Rouge es deliciosamente rústico y con un aire remoto, aunque no esté muy lejos de la carretera principal. Aquí, las actividades principales son pasear por la playa y tomar el sol. Aunque hay un par de turistas neerlandeses bronceados haciendo el pino en el agua, la pareja que ha subido a una roca para contemplar el mar es una estampa más típica.
Veo un arco de piedra sobre las aguas del extremo oriental de la playa y me lanzo al agua. Es tan clara como me había dicho Marie. Tiene un color electrizante. Nado alrededor del saliente rocoso sobre una villa privada y encuentro una cueva recóndita. Me arrastro hacia el interior, camino por la arena y admiro los acantilados amarillos veteados. Después, vuelvo al agua y paso nadando bajo el arco mientras el mar golpea las paredes rocosas. El agua no es profunda ni está muy revuelta, pero nadar aquí es toda una aventura. A continuación, encuentro otra cueva deshabitada y me regocijo en el placer de mi soleada soledad. Estos son los momentos que definen mi Caribe.
De vuelta en Baie Rouge, me recompenso con un almuerzo en la arena del bar de playa Chez Raymond. ¿Qué voy a tomar? ¿La salade aux fruits de mer? ¿La salade de langoustine? Al final, me decanto por los buñuelos de caracola y el dorado a la brasa. Cuando el camarero pregunta qué deseo para beber, le pido que me traiga algo colorido, con ron, y me dice que tiene la bebida perfecta.
Con dos playas a las espaldas (una activa y otra serena), acabo mi estancia en una playa de lujo de St. Martin: Baie Longue ("Bahía Larga"). Como está en el extremo occidental de la isla, planeo llegar por la tarde, cuando la gente disfruta de los últimos rayos de sol en sus yates y los acantilados de colores claros que envían reflejos dorados al mar que los baña.
Dicho de otra forma, es un lugar ideal para disfrutar de una copa de vino rosado; Château Paradis Côtes de Provence Rosé, para ser exactos. Lo bebo en el bar de playa Belmond La Samanna, donde charlo con el chef galardonado con una estrella Michelin Serge Gouloumès. Natural del suroeste de Francia, ha trabajado en Bélgica, Luxemburgo, Suiza y California y obtuvo la estrella Michelin cuando supervisaba el hotel Le Mas Candille, en el norte de Cannes (aún tiene una casa en Grasse). Serge lleva un año en St. Martin y, cuando le pregunto cuál es su atractivo, teniendo en cuenta su brillante currículo, sus ojos enfocan la piscina infinita del bar, que descansa sobre una porción de playa aparentemente interminable, y levanta las cejas y los hombros a la galesa, como si la respuesta fuera más que evidente.
Aun así, reconoce que vivir en isla del Caribe donde apenas llueve presenta sus desafíos culinarios, sobre todo, si ofreces un abanico completo de cocina mediterránea, además de especialidades del Caribe. “Nos abastecemos de París, Boston y Miami”, me dice. “La langosta es de aquí, el marlín (cuyo carpaccio está de muerte, por cierto) lo trae nuestro propio pescador de Guadalupe”. La mayoría de sus productos provienen de islas del Caribe más húmedas, aunque en St. Martin se puede cultivar mango y papaya. Esta última se utiliza en la sublime ensalada de papaya con gamba a la plancha del Chef Serge.
Como en las otras playas de la isla, en Baie Longue se pueden alquilar hamacas y sombrillas, así que me recuesto para disfrutar del refrescante día. Los yates zarpan. Una pareja que pasea al perro regresa a su casa de la playa. Pronto no queda nadie más, así que doblo la toalla y me digo: “¿Estás mal de la cabeza?”. Tengo todo el mar para mí, así que me pongo las gafas de buceo y vuelvo a zambullirme por última vez.