Entorne los ojos y admítalo: ese hípster delgado y de barba que pasa por la calle de adoquines rumbo al muelle ¿no se parece mucho al capitán de un barco del siglo XIX? La Portland moderna, establecida en 1633, lleva las marcas de ambos subconjuntos de nativos de Maine. los edificios y los almacenes de ladrillos restaurados del Puerto Viejo y las elegantes casas altas de prósperos capitanes, mercantes y astilleros hacen que el pasado de la ciudad sea una parte viva de su presente. La zona portuaria es una zona en funcionamiento, no un museo: los botes de pesca traquetean para entrar y salir de sus amarraderos, las boyas repican y las focas del puerto emiten sus sonidos. Los escaparates de esas tiendas, sin embargo, no exhiben galletas, cuerdas o crema de manos. Los puestos de jugo, las galerías de arte, las librerías (¡y las tiendas de historietas!), los templos al café, los bistrós de alimentos locales con repercusión nacional, los diseñadores de ropa de hombre a medida y las heladerías... todos llaman su atención. No obstante, no debe limitar su visita solo al Puerto Viejo: recorra los impresionantes museos de arte o haga una visita por una de las casas históricas de la ciudad. Tome el ferry o una embarcación para avistar ballenas y láncese a la ajetreada bahía. Diríjase hacia la costa (escarpara, azotada por el viento y espectacular): un panorama glorioso e innegablemente propio de Nueva Inglaterra. Salga y deléitese. Le damos la bienvenida a la Tierra de las Vacaciones.