Una vida diferente lo espera en la Riviera italiana. Aprenda sobre Il Gigante, Manarola, Aristide, Vernazza. Explore Italia en un crucero Holland America Line
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En Monterosso, el más occidental de los pueblos de Cinque Terre en la Riviera Italiana, paseo por la playa, sonriendo al pasar junto a mis dos focaccerias preferidas, porque, en serio, ¿cómo elegir entre la Focacceria Antonio e Il Fornaio di Monterosso? (Esta mañana fui a ambas). Admiro el familiar edificio color salmón cubierto de "ladrillos" trompe l’oeil que decoran todas las casas de la Riviera italiana.
Pienso que no me queda mucho más por descubrir en esta ciudad que conozco tan bien y amo tanto. Sería demasiado ambicioso esperar más con una spiaggia (playa) como esta, una media luna impresionante. Pero sigo esta tarde, porque caminar bajo el sol se siente muy bien y la brisa del Mediterráneo es muy fresca. Por encima de mí, un planeador también está disfrutando de este día mientras la suave brisa eleva su brillante ala delta de color azul.
De repente, aparece de la nada. Al otro lado de la playa hay un coloso: una estatua enorme de un dios romano con una musculatura inimaginable. Debe tener unos 12 metros de alto y parece estar tallada en la pared del acantilado. No tiene brazos. Está sentado en el afloramiento rocoso con la cabeza inclinada con gran esfuerzo por un saliente de madera cargado sobre los hombros. Bajo el saliente, hay una enorme abertura similar a un portal que da al cielo. La estatua tiene un rostro tosco, las pantorrillas están estriadas y tensas, y su caja torácica presenta los músculos serratos con forma de diamante que aparecen en antigüedades y dibujos anatómicos, casi nunca en humanos.
He estado en Cinque Terre y en la Riviera italiana muchas veces y nadie me ha hablado todavía de esta espectacular rareza. Nunca he visto la estatua en un artículo o una guía. Me dirijo al bar más próximo para preguntarle al dueño por ella.
Cuando me acerco, Claudio se está preparando para la hora de la comida:
"Buon giorno, signore, ¿parli ingles?"
"Un poco", dice con recelo.
Le señalo por encima de mi hombro. "Esta estatua, ¿cómo se llama?"
"Ah, ¡Gigante!" Dice Claudio, animado de repente. Acto seguido, se golpea el pecho para mostrarme que en su camiseta azul pone “Il Gigante”. Bautizó su bar en honor a la estatua.
Eso es Italia. Ando un poco más, veo más cosas. Siempre hay algo nuevo completamente extraordinario que para los italianos no es más que parte de su limpio proceder. ("Limpio proceder", ¿no es la frase que el Yago de Shakespeare utiliza para describir al capitán italiano Casio en Otelo?) No están enfadados por ello, pero saben que nacen con ello. El sentimiento de limpio proceder es casi tangible, sobre todo, aquí: después de todo, hablamos de la costa que cautivó a los grandes poetas románticos Byron y Shelley.
Il Gigante
Encuentro una mesa en Il Gigante y pido todo un festín por unos pocos euros: bruschetta de atún, un plato de carnes y quesos curados y un gelato affogato al cioccolato (helado bañado en chocolate líquido). Entre bocados, busco el gigante de Monterosso en el smartphone y descubro que esta estatua de Neptuno fue construida hace más de un siglo por Arrigo Minerbi, el ilustre escultor que también labró las puertas del Duomo de Milán.
Con el estómago lleno, camino hasta Il Gigante por la playa. El cielo detrás de la estatua crea una silueta perfecta en la arena. Levanto la cámara y me doy cuenta de que estoy en el cúmulo de luz creado por el portal en la parte superior del acantilado, a 28 metros de altura. Aunque la verdad es que en Italia siempre tengo la sensación de estar bañado de luz.
La Riviera Italiana inundada por el sol está dividida por la ciudad de Génova. Al oeste, hacia la frontera francesa, está la Rivera di Ponente (la costa del sol poniente); al este, hacia la Toscana, está la Riviera di Levante (la costa del sol naciente). Esta última incluye Cinque Terre: Monterosso, Vernazza, Corniglia, Manarola y Riomaggiore. Para ser sincero, a pesar de no estar en el lado de poniente, no me puedo quejar del sol que recibo.
De hecho, las puestas de sol sobre el Mediterráneo de Manarola son tan famosas que la ciudad bañada por el ocaso dorado ha lanzado mil calendarios e, incluso, adorna la portada de la reciente novela de Jess Walter sobre Italia, Benditas Ruinas. El libro, cuya historia tiene lugar en 1962, narra la historia de una joven actriz que abandona el plató de Cleopatra en Roma para esconderse de su amante.
Manarola
Es un lugar espectacular. Puede que Manarola no tenga la playa de arena de Monterosso, pero alberga una cueva aguamarina clara: una masa de agua resguardada e irregular que adopta una forma serpenteante, ya que se ve interrumpida por salientes rocosos que giran de un lado a otro. Estos brazos rocosos proporcionan un baño seguro y protegido, y exploro las estrechas aberturas, las suaves olas y los peces de colores brillantes. Los niños del lugar saltan desde las rocas y vuelven a subir usando escaleras de cuerda. Los pescadores detienen sus pequeñas barcas de madera en la parte más baja de la cueva y, después, salen remando hacia el sol poniente.
Marcharse de Manarola siguiendo el sendero de piedra adherido a la ladera parece a una peregrinación, y hay que estar preparado, cámara en mano, para mirar hacia la ciudad mientras cambia de color con la luz. A medida que la tarde llega a su fin, los matices se vuelven más vivos, como los colores de los cucuruchos de helado que se ven por todas partes: limón, mango o fresa. Se dice que los pescadores pintaron sus casas en colores tan animados para poder reconocerlas cuando se acercaban a Manarola desde el mar.
Hay una escalera por encima de este mirador, indicada con una señal de cerámica que reza “Via dei Bambini”, así que la sigo hasta llegar a un parque en forma de herradura. El cambio de perspectiva es sutil pero evidente: Manarola e, incluso, todos los pueblos de Cinque Terre en la Riviera italiana, ofrecen una composición viviente de arte arquitectónico y paisajes terrestres y marinos que invitan a desplazarse solo unos metros hacia la derecha, izquierda, arriba o abajo para advertir hasta el más mínimo cambio. En este impresionante aunque discreto parque, se levanta una estatua conmemorativa impasible llamada “Donna Dell’uva”, que sujeta racimos de uva con ambas manos.
Aristide
Siento la inspiración de dirigirme a Aristide, uno de mis lugares preferidos en Cinque Terre. Pido una botella de vino blanco para acompañar mis ñoquis, cuyo pesto desprende un brillo tan perfecto que me recuerda a un plato de piedras preciosas. Su sabor es aun mejor que su aspecto.
Ay, ¡el pesto de Cinque Terre! Junto con la focaccia, el pesto, que fue inventado en esta región, es omnipresente. Los trofie al pesto son fundamentales en todas las cartas, y Gambero Rosso, justo en Piazza Marconi, la plaza principal de Vernazza, sirve un plato admirable. Los trofie son un tipo de pasta corta y rizada procedente de Génova, en Liguria. A veces se sirven con patatas, en ocasiones acompañados por judías verdes, pero aquí se sirven solos, acompañados únicamente de un poco de parmesano.
Vernazza
La pequeña Vernazza, libre de coches, es como un pequeño remanso de curación culinaria. Después de todo, el pueblo recibe el nombre de su vino local, y las colinas están rodeadas por empinadas terrazas de viñedos conocidas por sus variedades de uva blanca. La piazza costera está repleta de asientos al aire libre que se extienden desde los restaurantes: entre las mesas, apenas hay espacio para que los grupos de pescadores arrastren sus barcos al mar. (La lubina debe ser capturada, será mi cena). Creo que debería dar un paseo para bajar la comida, así que me dirijo hacia la primera escalera estrecha que vea. Ascendiendo por encima de la ciudad, miro entre las paredes de estuco rosa y las contraventanas verdes para contemplar una porción de cielo azul.
Vernazza se convierte en una mazmorra. En un momento dado, vuelvo a aparecer en la "calle" principal (recuerde que todo es peatonal), que desciende suavemente hacia el mar y cuyo malecón exhibe puestos de tomates, gelato artigianale (helado artesanal) y limoncello en botellas de cristal decorativas. Me doy media vuelta y continúo la marcha ascendente hacia el campanario octogonal amarillo de la Iglesia de Santa Margherita d’Antiochia, tan elevado como para permitirme contemplar la cala esmeralda que el pueblo rodea. Debajo de mí, la inverosímil estrechez de las escaleras de piedra que conducen hasta las granjas se ve desbordada por relucientes hojas y vides.
El senderismo es fundamental para descubrir la Riviera italiana: hay senderos entre los pueblos y sobre ellos, y muchísimas oportunidades para vagabundear sin destino; aunque para mí, no hay mejor forma de terminar una caminata que con un buen chapuzón. Vernazza tiene un pequeño puerto muy activo, al que arriban y del que parten barcos de pasajeros desde y hacia Monterosso y Manarola, pero, en el extremo del pueblo, hay un lugar para zambullirse tranquilamente entre formaciones rocosas espectaculares. Mientras me recuesto, me doy cuenta de que estoy justo debajo de mi mesa del rincón del Ristorante Belforte, una institución con 50 años de antigüedad ubicada sobre este acantilado de Vernazza.
Lo que más llama la atención sobre Italia es que los propietarios de los restaurantes "con vistas", que podrían conformarse con vivir del dinero que les aporta su ubicación privilegiada, no se conforman con servir un menú que no sea excelente, y aquí es donde entra en juego la gestión familiar. Esta noche servirán sardinas, pulpo a la brasa y una lubina entera recién pescada. Andrea, mi camarero preferido, cantará y contará chistes como de costumbre, y mi aperol spritz reflejará los últimos rayos de sol en su alegre tono naranja.
Pero por ahora, estoy contento de flotar. En el Golfo de los Poetas, la belleza está en todas partes: en el mar, en los animados y entremezclados pueblos, en los aperitivos de burbujas y en el gelato. En Liguria es imposible contenerse: cada día te vuelves un poco más romántico.
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