Al igual que el litoral noruego, la costa oeste de Chile se encuentra cortada por impresionantes ensenadas, o fiordos, llenos de escarpadas montañas y valles cubiertos por glaciares. Esta espectacular extensión de costa comienza cerca del estuario de Reloncaví (aproximadamente a mitad de camino en la columna vertebral de Chile) y se extiende hacia el sur hasta el extremo más lejano del continente, en Tierra del Fuego. Se trata de una distancia de 1500 kilómetros a vuelo de pájaro. Sin embargo, el viaje a este lugar nunca se hace en línea recta, sino que los barcos siguen senderos ondulantes por la cantidad de fiordos y canales.
La zona es conocida por su belleza inhóspita y alberga muchos de los parques nacionales de Chile, entre ellos Alerce Andino, Hornopirén y Vicente Pérez Rosales, así como la Reserva Nacional Llanquihue y el Valle Cochamó. Los primeros exploradores españoles vinieron a este lugar en busca de la mítica Ciudad de los Césares, cuyos habitantes se creía que eran ricos en oro y diamantes. A pesar de que la ciudad nunca fue descubierta, los exploradores aportaron mucho a los conocimientos sobre navegación del mundo y al mismo tiempo establecieron rutas marítimas que han sido utilizadas desde entonces. De manera similar, las riquezas que los viajeros a la región descubren en la actualidad se miden no en onzas o quilates sino en la falta de aliento al maravillarse con el asombroso paisaje de esta impresionante tierra barrida por el viento y sus residentes animales poco usuales.